El día que un piercing me recordó lo que duele —y lo que ilumina— crecer

A las siete de la mañana estaba yo peleándome con la cremallera de mi pantalón.
Un pulso entre la tela y mi realidad.
Entre el cuerpo que tengo hoy y todas las versiones de mí que ya no caben ahí.
Ese momento íntimo, torpe y cotidiano que te despierta más que el café.

Mientras respiraba hondo y hacía ese truco absurdo de meter tripa “por si acaso”, pensé en lo poco que hablamos bonito de nuestros cuerpos.
En cómo nos juzgamos en silencio.
En cómo ojalá aprendiera a mirarme con más ternura.

No sabía que, unas horas después, una alumna me iba a dar la otra mitad de esa lección.

Entró en clase brillando.
Literalmente.
Un piercing recién hecho en el ombligo.
Las amigas alrededor como un coro griego repitiendo “¡qué bonito, tía, te queda genial!”.

Ella lo enseñaba con el orgullo de quien siente que acaba de entrar en una nueva versión de sí misma.
Y yo pensé:
qué valientes son a veces las niñas que aún no saben lo mucho que les queda por doler… y por brillar.

Las marcas que elegimos

Mientras yo peleaba con mi pantalón, ella se hacía un agujero en la piel.
Dos cuerpos en mundos distintos.
Dos historias que se cruzan sin avisar.

Ella buscaba identidad.
Pertenecer.
Decidir sobre algo que fuese solo suyo.
Un centímetro de piel que dijera: “mira, estoy creciendo”.

Y yo, que a esa misma hora me había sentido pequeña frente a un trozo de tela, la miré y pensé que quizá ese piercing era menos sobre estética
y más sobre coraje.

La ternura que nos debemos

La escuché hablar de lo que le había dolido.
Del miedo a que se infectara.
De cómo lo había elegido.

Y me acordé de mi cremallera y de la guerra silenciosa que a veces libro conmigo misma.

Ella se mostraba con orgullo.
Yo me escondía con pudor.

Ella enseñaba su ombligo como un trofeo.
Yo quería taparme el mío como si fuera un error.

Y ahí, sin pretenderlo, me dio la lección del día.

Cosas que debería haber aprendido antes

Ojalá alguien nos enseñara que el cuerpo cambia
y que eso no es una derrota.
Que crecer, doler y transformarse también es ser valiente.
Que no todo lo que aprieta es una señal de fracaso.
Que a veces un piercing es un recordatorio de la libertad
y una cremallera que no sube, una invitación a la ternura.

Ese día entendí que la adolescencia y la adultez no están tan lejos.
Seguimos buscándonos,
siguiendo modas,
teniendo miedo,
queriendo pertenecer.
Solo que unas lo llevan en el ombligo…
y otras lo llevan por dentro.

La luz que se cuela

Cuando ella se fue, me quedé pensando en lo que me enseñó sin saberlo:
que crecer seguirá doliendo,
que el cuerpo seguirá cambiando,
y que las marcas que elegimos —y las que la vida nos deja—
son también formas de contar quiénes somos.

Ojalá aprender a hablarme bonito.
A mirarme con la misma ternura con la que ella miraba su piercing nuevo.

Porque, al final, eso somos:
heridas que curan,
cuerpos que cambian,
y un punto de luz
por donde se cuela el próximo amanecer.

Con clase

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