Lecciones de vida

Dedicado a mi hija Sara.

Tú ya lees sola, y a veces hasta me corriges.
Yo escribo este texto recordando aquel instante en que supe que mi vida cambiaría para siempre.

Hace nueve años estaba allí, tumbada en la camilla, con la cabeza inclinada como una tortuga. Mis piernas temblaban. Sentí frío en el vientre por el gel.

Miraba aquel monitor borroso, en blanco y negro, que me recordó a mi infancia. De repente, vi una pequeña figura, diminuta, casi imperceptible.

Entonces la doctora, mientras pulsaba un botón, dijo: —Vamos a la prueba del algodón.

Y comencé a oír un sonido, como un tambor acelerado. Me sorprendió que de aquella forma tan pequeña, como una judía o una semilla, emanara un latido tan fuerte.

Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras le daba las gracias a la doctora. Era mi bebé.

Salí flotando de la consulta, envuelta en una nube. Y entonces lo entendí: por eso estaba tan cansada, tan sensible, tan distinta.

Ella me lo dijo con una voz que se me grabó para siempre:

“Mientras tengas útero, serás madre.”

Y tenía razón.

Las clases comienzan antes de nacer, mientras habitamos en la matriz materna. Dentro, experimentamos la luz y la oscuridad. Aprendemos a absorber líquidos —practicando con el amniótico— y a chuparnos el pulgar. Nos adaptamos a los movimientos de la madre, mecidos en su vientre. Flotamos en un mundo acuoso que nos sostiene y nos envuelve.

Nuestro corazón late al compás del suyo. Escuchamos los múltiples sonidos: algunos vienen de dentro, otros del mundo exterior. Oímos las primeras conversaciones, donde empieza el aprendizaje del lenguaje.

A los nueve meses nacemos, sorprendidos por abrumadoras sensaciones. El mayor shock para el ser humano. Y, por suerte, de nuevo somos salvados en los brazos de nuestras madres.

Sus brazos nos dan cobijo. Sus senos, alimento y consuelo. El tacto, el contacto corporal, es el sentido más presente en nuestro comienzo.

Cuando un bebé es sostenido entre caricias y arrumacos, eso significa “ser amado”.

Es mágico cómo las madres nos comunicamos con nuestros hijos: a través de canales invisibles, emociones silenciosas y gestos que ni siquiera sabemos que estamos emitiendo.

Y por eso, hija, a pesar de las dificultades, piensa que lo peor ya ha pasado. Siente orgullo de ser mujer. Recuerda dónde canta nuestro corazón.

🌞 Nos vemos en el próximo amanecer.

Reflexiones al Atardecer

Anterior
Anterior

El día que un piercing me recordó lo que duele —y lo que ilumina— crecer

Siguiente
Siguiente

Con el corazón en la mano