Saber mirar, saber hacer y saber convivir en la educación canina

Educar no es mandar.
Tampoco corregir sin entender.
Educar es mirar y acompañar.

Y si hay un ser que nos enseña esto con una paciencia infinita, es el perro.

Durante años, la educación —humana y canina— se ha centrado en el control.
En lograr que el otro obedezca.
En corregir la conducta sin preguntarse de dónde nace.

Sin embargo, la verdadera educación no consiste en imponer comportamientos,
sino en favorecer el desarrollo integral de quien aprende.

En el caso de los perros, hablamos de seres con emociones, historia, miedos, deseos
y una enorme capacidad de conexión.
No son máquinas que ejecutan órdenes,
son individuos que sienten y se relacionan con el mundo.

Por eso, del mismo modo que en la educación humana hablamos de orientación educativa, acción tutorial y acompañamiento,
en la educación canina hablamos de guía emocional, vínculo y convivencia.

 

Desde esta mirada nace Corazón Canino.
Y se sostiene sobre tres pilares fundamentales:

Saber mirar, para comprender antes de intervenir.
Saber hacer, para acompañar con coherencia y respeto.
Saber convivir, para construir una relación basada en la confianza y la cooperación.

Porque educar no es exigir que el otro se adapte sin ayuda,
sino caminar a su lado mientras aprende a habitar el mundo.

Inma Díaz Sol

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