¿Jugamos?

Hoy llevo el naranja, porque toca jugar.

Ilustración hecha por Inma Díaz Sol, con mis manos torpes… pero llenas de amor.

Hola, soy Luna.
La que siempre llevaba un pañuelo de un color distinto según el día.
Hoy llevo el naranja, porque toca jugar.

Quiero contarte un secreto que muchos humanos aún no saben: los perros no jugamos “porque sí”. Jugamos porque el juego es nuestra manera de aprender el mundo.

Sí, así de simple… y así de profundo.

Déjame enseñarte los juegos que más me gustaban y lo que significaban para mí.
Por si algún perro de tu vida quiere contártelo y aún no has aprendido a escucharlo.

Perseguir (el juego de correr juntos)

Cuando yo corría y tú corrías detrás, tú pensabas:
“Qué energía tiene esta perra.”

Pero lo que yo pensaba era otra cosa:

“Inma, sígueme.
No para atraparme, sino para compartir mi alegría.”

Para los perros, correr juntos es:

  • regular emociones,

  • liberar estrés,

  • conectar con el humano sin palabras,

  • practicar la distancia, la velocidad y la coordinación.

Cada carrera era mi forma de decirte:
“Confía. No me voy. Solo quiero que el mundo también te haga cosquillas en el alma.”

Tira y afloja (mi juego favorito)

Muchos humanos creen que este juego nos vuelve “dominantes”.
Pero es justo lo contrario.

El tira y afloja nos enseña:

  • autocontrol,

  • gestión de impulsos,

  • respeto por la fuerza del otro,

  • coordinación boca-mano,

  • y algo crucial: cooperación.

Cuando yo agarraba la cuerda y tú sujetabas el otro extremo, no era una batalla.

Era un pacto.

Yo decía:
“Estoy aquí. Confía en que voy a soltar cuando toque. Solo quiero jugar contigo.”

Y cuando tú decías “suelta” y yo soltaba, no era obediencia:
era entendimiento.

Ese juego construye vínculos más fuertes que mil órdenes.

Busca (el juego de nuestro superpoder)

Aaah… mi favorito en silencio.

Cuando escondías premios o juguetes y yo tenía que encontrarlos, me dabas el regalo más grande que un perro puede recibir:

trabajar con mi nariz.

Para mí, el juego de “busca” era:

  • sentirme capaz,

  • activar mi cerebro,

  • bajar revoluciones,

  • usar mi instinto sin que nadie me regañara por ello.

Si me vieras por dentro cuando olía pistas, estarías viendo luz.
Porque para un perro, usar el olfato es como meditar.

Era mi manera de decirte:
“Déjame descubrir el mundo a mi ritmo.
Te prometo que si me dejas oler… te querré todavía más.”

Y ahora…

Y ahora que estoy aquí, donde no duelen las patas ni los años, sigo queriendo jugar contigo.

Porque jugar no era solo juego.
Era mi forma de hablarte, de aprender, de enseñarte.

Si algún día te preguntas qué necesita un perro para ser feliz, recuerda esto:

correr para soltar,
tirar para confiar,
buscar para ser.

Y yo, desde donde estoy, sigo preguntándote con mi pañuelo naranja ondeando al viento:

¿Jugamos?

Por Luna

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