La zapatilla voladora
Inma Díaz
El otro día, en clase, mientras resolvíamos dudas antes de un examen de esos que pesan más que una mochila, una alumna se quitó la zapatilla.
Sin aviso.
Sin drama.
Como quien deja en el suelo algo que aprieta por dentro.
No sé si porque le quedaba pequeña,
porque le oprimía como la vida en vísperas de exámenes,
o porque necesitaba que el pie respirase.
La zapatilla empezó a viajar.
De mesa en mesa.
De mano en mano.
Como si tuviera intención propia.
Y yo, por dentro, muerta de risa.
Porque no veía solo una zapatilla volando:
veía nervios,
estrés,
ganas de romper la tensión,
esa necesidad adolescente de decir sin palabras:
Estoy aquí. No puedo más.
El profesor titular se enfadó.
Es lógico.
Hay normas. Hay tiempo. Hay presión.
Pero yo pensaba:
¿Quién empezó?
¿Quién la lanzó primero?
¿Quién la pasó?
¿Quién solo miraba?
¿Quién se hacía el despistado, como en los trabajos cuando pasa algo parecido?
Porque sí, en las oficinas también vuelan cosas…
solo que las llamamos correos, miradas o silencios largos.
Y ahí me surgió la duda:
¿qué hace un profesor en ese momento?
¿Se pone firme?
¿Deja pasar?
¿Usa la zapatilla como excusa para volver a conectar?
Nadie aprende desde el miedo.
Pero tampoco desde el descontrol.
Y yo, en medio,
con ganas de seguirles el juego
y a la vez de devolver la calma al aula.
Porque también fui alumna.
Porque yo también me aburría.
Porque yo también necesitaba romper la tensión cuando todo me quedaba grande.
Y pensé algo:
si una alumna se quita la zapatilla en clase…
es porque se siente a gusto.
Porque se siente en casa.
Y quizá esa zapatilla no volaba para molestar.
Volaba por nervios.
Por juego.
Por infancia.
Por desahogo.
Y eso, aunque dure solo unos segundos,
también es parte de aprender a estar juntos.
Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

