Lo que aprendí de un ombligo en noviembre
Piercing vs. Cremallera
Hay días en los que llegas al colegio con tu planificación lista
y acabas hablando de un ombligo.
A esas horas yo ya había sobrevivido a mi mañana:
mi pelo encrespado por la lluvia,
mi jersey tapando lo que yo llamo “mis kilos de más”,
y esa guerra silenciosa con los vaqueros a las siete.
Poca épica. Mucha verdad.
Mientras yo intentaba recomponerme,
ella entró con esa luz espontánea que tienen algunos alumnos sin saberlo.
Era noviembre.
Buen mes para hacerse un piercing porque no da el sol,
pero ni el frío consiguió que dejara el top en casa.
Llevaba el botón del pantalón sin cerrar:
no por moda,
sino porque la zona recién hecha no soportaba presión.
Cuestión de sentido común.
No tuvo que levantar nada.
Solo se inclinó un poco,
tocó con cuidado el borde del top
y apareció el brillo plateado recién estrenado:
una chispa nueva en su piel.
Y entonces pasó algo muy de colegio:
sus amigas se acercaron en tropel,
miraban, preguntaban,
flipaban como si hubieran descubierto un tesoro.
Ella, rodeada, se convirtió sin querer en el centro del recreo.
Una mini influencer improvisada,
aunque solo quería enseñar que “le había quedado bien”.
Yo observaba la escena:
su piercing brillaba como sus ojos azules
y su pelo rubio perfectamente colocado,
mientras el mío seguía luchando contra la humedad.
Economía versión patio
—“¿Cuánto te costó?”
—“No lo sé… lo pagó mi madre.”
Y ahí apareció la clase del día:
el precio,
las gasas,
la pomada,
el cuidado diario,
y esas pequeñas decisiones que también cuentan en la economía familiar.
Sin fórmulas.
Sin gráficos.
Solo la vida entrando por la puerta del aula.
Identidad en construcción
Ese piercing era un paso más en eso que empiezan a buscar a su edad:
quién soy.
Un gesto chiquito con mucho significado.
A veces intentan explicarse con señales:
un top en noviembre,
un vaquero sin botón,
un brillo plateado que apunta hacia dentro.
Responsabilidad sin discurso
Comentamos lo básico:
lavar, proteger, evitar roces.
No hice sermones.
A su edad ya intuyen que si no cuidan algo… duele.
Pensar por una misma
—“¿Y por qué te lo hiciste?”
—“Porque mis amigas también…”
(pausa)
“…y porque me gusta.”
Ese “me gusta” era la verdadera respuesta.
La que empieza a construir criterio propio.
La lección inesperada
Ese día recordé que enseñar en un colegio
no siempre sale de un libro.
A veces aparece entre risas en un pasillo,
en un corro de amigas fascinadas,
o en un ombligo recién estrenado
que trae más aprendizajes que una unidad entera.
Entre mi pelo encrespado,
mi jersey-refugio
y su top en noviembre,
entendí que la educación vive en los detalles
y en lo que no planeamos.
Y sí:
hay días en los que un piercing explica la economía
mejor que una reunión de ciclo.
Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

