Sembrar futuro en tiempos de Black Friday en agosto

A veces pienso que enseñar Economía es fácil.
Lo difícil es explicar el mundo.

Porque tú entras en clase con tu bote de “ahorrar es sembrar futuro”, tu metáfora preciosa, tus ganas de que entiendan que el dinero también es una emoción…
y al salir te reciben tres anuncios de Black Friday en pleno otoño.
Y otro de Halloween cuando estás todavía en sandalias.
Y luces de Navidad en octubre, por si te faltaba confusión.

El calendario ya no manda: ahora manda el marketing.
Y tú, en prácticas, intentando que tus alumnos no crean que ahorrar es meter monedas en un bote y olvidarse.
No.
Ahorrar es parar. Elegir. Pensar.
Tres verbos que no vienen incluidos en ninguna oferta.

El bote que dibujo para mis clases tiene semillas dentro, no descuentos.
Porque ahorrar no es “comprar más barato”.
Ahorrar es preguntarte si lo necesitas.
Ahorrar es decirte la verdad.
Ahorrar es tener un plan que dure más que un cupón.

Pero claro… luego les dices esto a los adolescentes y te salen con que “profe, pero es que estaba al 70%”.
Y tú por dentro piensas: hija mía, ojalá hubiera descuentos para decisiones vitales; ahí sí que me apuntaba.

La realidad es que nos han vendido la urgencia como si fuera sentido común:
compra ya, decide ya, gasta ya, vive ya…
y si puede ser con luces de Navidad en noviembre, mejor.

Yo prefiero otra cosa.
Prefiero enseñarles que la economía es tiempo, no prisas.
Que el dinero crece con calma, no con ansia.
Que un bote lleno de monedas no vale nada si no sabes qué quieres plantar con ellas.

Así que sí: en mi clase se habla de ahorrar, pero también de respirar antes de pasar la tarjeta.
De aprender a distinguir un deseo de un antojo.
Y de entender que sembrar futuro siempre será más bonito que perseguir ofertas.

Porque al final, ahorrar no es guardar monedas.
Es guardarte a ti.

Nos vemos en el próximo amanecer —con café, sin descuentos, y con las ideas un poco más ordenadas.

Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

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