La fábula del grano y la mancha

Hay una edad en la que un grano lo ocupa todo.
La frente, el espejo, la mañana entera.

Te miras y piensas que todo el mundo lo ve.
Que no hay conversación posible que no empiece ahí.
Que el mundo se ha puesto de acuerdo para mirarte justo hoy.

Luego creces.
Y piensas que eso se pasa.

Hasta que un día se te cae café encima.

Y ya no eres tú.
Eres la mancha.

Si es café solo, oscuro, todavía tiene algo romántico.
Huele a despertar.
A lunes que se puede sostener.

Pero como lleve leche…
La leche se queda.
Se incrusta.
Como los kilos cuando no son desnatados.
Como las cosas que no se van aunque mires para otro lado.

Entonces entiendes que quizá no hemos cambiado tanto.

Antes era crema para el acné.
Ahora es corrector de ojeras.

El gesto es el mismo.
La inseguridad también.

Ellos con hormonas que anuncian vello, cambios, torpeza.
Nosotras con palabras grandes —edad, peso, menopausia— que suenan a sentencia, pero que solo dicen una cosa:
tu cuerpo ya no es el de antes.

Y quizá nunca lo fue.

Cuando crees que todo el mundo te mira

Hay algo que les pasa a los adolescentes y que a veces olvidamos demasiado rápido.

Sienten que todo el mundo los mira.
Que cada paso, cada silencio, cada grano tiene público.
Como si vivieran en un escenario con focos encendidos incluso cuando están solos.

En psicología lo llaman audiencia imaginaria.
Un nombre muy serio para algo muy humano:
la sensación de estar siendo observado todo el tiempo.

No es vanidad.
No es drama.
Es identidad en construcción.

Es mirarte al espejo sin saber aún quién eres, pero con la certeza de que todo el mundo lo notará antes que tú.
Es no tener todavía la distancia suficiente para entender que los demás están demasiado ocupados mirándose a sí mismos.

Y aquí viene lo importante.

Eso no desaparece con la edad.
Solo cambia de forma.

Deja de ser un grano y pasa a ser una mancha de café.
Unos kilos.
Unas ojeras.
Una palabra que no dijiste bien.

Por eso, cuando miramos a un adolescente con condescendencia, quizá lo que deberíamos hacer es mirarnos primero a nosotros.

Porque sentir que te miran —aunque nadie esté mirando—
no es cosa de edad.
Es cosa de cuerpo, de inseguridad y de aprender a habitarte.

Educar, al final, no va de decir no es para tanto.
Va de decir te entiendo.
Y desde ahí, acompañar.

Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

 
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