Mi espalda
La mochila golpeaba contra los riñones mientras corría para no llegar tarde al colegio.
Cada paso hacía bailar los libros dentro. Matemáticas. Lengua. Ciencias. Al llegar a casa la dejaba caer en el suelo y, durante unos segundos, los hombros seguían tensos, como si todavía la llevaran puesta.
Años después cambié aquella mochila por otra.
Cabían apuntes, fotocopias y un bocadillo envuelto en papel de aluminio. El asa siempre elegía el mismo hombro. Al terminar el día quedaba una marca roja que desaparecía antes de la cena.
Con el tiempo llegaron un portátil, un bolso demasiado lleno, reuniones y estaciones de tren. Dejaba todo sobre una silla al entrar en casa y, aun así, el cuerpo seguía recordando el peso durante unos minutos más.
Mi madre me apartaba el pelo cuando era pequeña.
Mi padre me rodeaba los hombros con el brazo al cruzar la calle.
Todavía puedo cerrar los ojos y recordar exactamente cuánto ocupaban aquellos abrazos.
Durante una época dejé de ponerme de perfil en las fotografías.
Cuando alguien decía «todos juntos», buscaba el último sitio de la fila.
Giraba un poco los hombros.
Metía la barriga.
Sonreía.
Después miraba la imagen y solo veía aquello que nadie más parecía mirar.
Un día dos brazos pequeños rodearon mi cuello.
—¿Me llevas un poco más?
No pregunté hasta dónde.
Sus zapatillas golpeaban despacio contra mis caderas mientras apoyaba la cabeza sobre mi hombro.
Cuando se quedó dormida, seguí caminando un poco más.
No quería despertarla.
Hoy, al recogerme el pelo, mis dedos recorren una espalda distinta.
No más vieja.
Más vivida.
Hay una pequeña tensión junto a las cervicales.
Una línea blanca donde antes hubo una quemadura de sol.
Y, de vez en cuando, todavía me sorprendo buscando el asa de una mochila que hace años que no llevo.
Nunca he visto mi espalda mientras caminaba.
Quizá sea mejor así.
Las cosas que más nos sostienen casi nunca están delante de nuestros ojos.
Nos vemos en el próximo amanecer.
Inma Díaz Sol

