El mejor regalo del mundo
Cada Navidad me pasa lo mismo.
Me pregunto qué regalar.
A quién.
Cuánto gastar.
Si gustará.
Si será suficiente.
Muchas veces he regalado desde la duda.
Desde el ruido.
Desde la prisa.
Con los jóvenes, aún más.
Parece que ya no sabemos qué darles.
Tienen de todo.
O eso creemos.
Tecnología, ropa, objetos que duran lo mismo que la emoción de abrirlos.
He regalado cosas pensando que les encantarían.
Y las he visto acabar en un cajón.
Y sí, duele.
Con el tiempo he entendido que quizá el problema no estaba en ellos.
Quizá estaba en mí.
En haber confundido regalo con objeto.
Y valor con precio.
Lo veo cada día.
Jóvenes rodeados de estímulos, de opciones, de cosas.
Y, a la vez, con hambre de atención real.
De tiempo sin pantallas.
De conversaciones sin reloj.
De adultos que no les pidan saber qué quieren ser antes de saber quiénes son.
Yo también he regalado lo que tenía a mano.
No lo que exige presencia.
Porque lo segundo cansa.
Implica estar.
Y deja sin excusas.
He pensado que no valoraban lo que recibían, cuando quizá nunca les enseñé a cuidar lo invisible.
El tiempo compartido.
La escucha sin correcciones.
El permiso para equivocarse sin miedo.
Por eso este año he decidido regalar otra cosa.
Algo que no se envuelve.
Que no se guarda.
Que no se compara.
Este año he decidido regalar tiempo.
Mirada.
Presencia.
Decir “estoy aquí” sin pedir nada a cambio.
Compartir una tarde.
Una conversación.
Un paseo.
Un silencio.
No hablo de grandes gestos.
Hablo de estar.
De coherencia.
De dejar de regalar cosas para empezar a regalar tiempo.
En un mundo que corre, parar es un regalo.
Y quizá no se note al momento.
Pero se queda.
Y con los años, se entiende.
Nos vemos en el próximo amanecer.
Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

