Caramelos en la cabalgata

Los niños hoy tienen de todo.
Eso decimos los adultos mientras miramos escaparates llenos y habitaciones llenas de juguetes que ya no se tocan.

A veces pienso que no saben lo que tienen.
Que piden cosas sin ganas.
Que juegan menos de lo que jugábamos nosotros.

Y, sin embargo, llega la cabalgata.

Y ahí están.
Con las manos pequeñas estiradas al cielo.
Con los ojos brillando.
Corriendo detrás de un caramelo como si fuera un tesoro.

Y no solo ellos.

También los abuelos.
Los mismos que dicen que les duele la espalda.
Que no se pueden agachar.
Que ya no están para esas cosas.

Pero se agachan.
Se ríen.
Se les caen los caramelos y vuelven a intentarlo.

Por un rato se les olvida el dolor.
Por un rato no hay prisas.
Por un rato la vida es solo eso:
un suelo frío, una mano extendida y una risa compartida.

Hace tiempo leí sobre un experimento.
A unos niños les ofrecían un bombón ahora o dos más tarde.
Decían que los que sabían esperar tendrían más éxito en la vida.

Y puede que sea verdad.
O puede que no toda la vida vaya de esperar.

Porque hay momentos —como una cabalgata—
en los que no toca pensar en mañana.
Toca recoger lo que cae.
Disfrutar lo pequeño.
No calcular.

Quizá la ilusión no tenga que ver con tener más,
sino con sentir más.

Y quizá crecer no sea perder la magia,
sino aprender cuándo esperar…
y cuándo agacharse
sin miedo a parecer un niño otra vez.

Nos vemos en el próximo amanecer ☀️

Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

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