No me perdí. Me salí del camino que ya no era mío

Durante mucho tiempo pensé que perderme era equivocarme.

Salir del camino, dudar, cambiar de dirección…
todo eso lo interpretaba como un error.

Porque me enseñaron que había una ruta.

Una que empezaba con decisiones correctas
y terminaba en una especie de tranquilidad asegurada.

Y durante años, la seguí.

Hice lo que tocaba.
Elegí lo que tenía sentido.
Avancé como se esperaba.

Pero hay un momento en el que algo cambia.

No siempre sabes cuándo.
No siempre sabes por qué.

Solo notas que lo que antes encajaba… ya no lo hace.

Que lo que antes te motivaba… ahora te pesa.
Que lo que parecía claro… empieza a volverse difuso.

Y entonces aparece una sensación incómoda:

la de no saber exactamente dónde estás.

Antes, eso me asustaba.

Pensaba que me estaba perdiendo.

Pero con el tiempo he entendido algo distinto:

no me perdí.

Me salí.

Me salí de un camino que ya no era mío.
De decisiones que ya no me representaban.
De una versión de mí que ya había cumplido su etapa.

Y salir de ahí no siempre es fácil.

Porque implica dejar certezas.
Soltar estructuras.
Aceptar que ya no eres la misma.

Pero también abre algo nuevo.

Espacio.

Espacio para preguntarte qué quieres ahora.
Qué necesitas.
Qué tiene sentido para ti, no para los demás.

No siempre tendrás respuestas inmediatas.
No siempre sabrás cuál es el siguiente paso.

Pero hay algo que cambia:

dejas de avanzar en automático.

Empiezas a elegir.

Y en ese proceso, aunque haya dudas,
aunque haya momentos de incertidumbre…

hay algo que se siente distinto:

coherencia.

Porque no se trata de no equivocarse.

Se trata de no seguir caminando por un sitio
que ya no te reconoce.

Y a veces, salirte del camino no es perderte.

Es empezar a encontrarte.

Inma Díaz Sol

Anterior
Anterior

Reflexiones al atardecer

Siguiente
Siguiente

Aprender a elegirme: cuando cambiar ya no es una opción, es coherencia