Cazando aviones
Pide un deseo.
De pequeña, cuando pasaba un avión y dejaba una raya blanca en el cielo, decíamos:
“Cruza los dedos y pide un sueño.”
Y lo hacíamos sin pensar demasiado. Sin miedo. Sin analizar si era lógico o no.
Solo cerrábamos los ojos un segundo, apretábamos los puños y deseábamos.
Como si el cielo nos estuviera escuchando de verdad.
Quizá sí lo hacía.
Quizá esa costumbre pequeña, casi invisible, era en realidad una forma de entrenarnos para la vida.
Para no dejar de soñar.
Para no resignarnos.
Para no aceptar el «no» como respuesta definitiva.
Porque crecer, a veces, es justo lo contrario de lo que nos dijeron:
no es dejar de creer,
es aprender a seguir creyendo aunque duela.
Cazando aviones entendí que los sueños no siempre aterrizan donde los imaginamos.
Que a veces se retrasan.
Que algunos cambian de destino.
Y que otros se rompen en mitad del trayecto.
Pero también entendí algo más importante:
que dejar de mirar el cielo es peor que cualquier caída.
Hay personas que ven los aviones pasar sin más.
Como quien ve pasar los días.
Y hay otras que levantamos la cabeza.
Que seguimos buscando esa raya blanca, aunque ya no seamos niñas,
aunque el mundo nos diga que ya no toca,
que ya es tarde,
que eso ya no es para nosotras.
Pero yo sigo cruzando los dedos.
Sigo pidiendo deseos.
Sigo cazando aviones.
Porque he comprendido que no se trata de alcanzar todos los sueños,
sino de no vivir nunca sin tener uno.
Que no se trata de volar siempre alto,
sino de no olvidar jamás hacia dónde querías volar.
Y que mientras haya aviones surcando el cielo,
mientras siga apareciendo esa línea blanca que atraviesa el azul,
yo voy a seguir recordando que una vez fui una niña que pedía deseos…
y que esa niña aún vive en mí.
Porque cazando aviones aprendí a volar sola.
Y porque nunca dejaré de soñar.
Reflexiones al Atardecer

