Septiembre y el coste de oportunidad de volver a empezar
Después de dos años de cambios, necesitaba dejar de nadar hacia algún sitio.
Para mí, el año siempre ha empezado en septiembre.
Enero tiene propósitos, gimnasios llenos y gente convencida de que esta vez sí va a beber dos litros de agua al día.
Yo siempre he sido más de comienzos que no necesitan fuegos artificiales.
Quizá tenga algo que ver con ser profesora.
O quizá no.
Después de dos años en los que han cambiado muchas cosas, este verano he necesitado parar.
Aunque, visto lo visto, tengo un concepto peculiar de lo que significa parar.
He ordenado armarios.
He vaciado cajones.
He lavado cortinas.
Sí, cortinas.
Hay que alcanzar cierto nivel de vida adulta para mirar unas cortinas recién lavadas y sentir que has hecho algo importante.
He tirado cosas.
Y he guardado otras que cualquier persona con un mínimo de sentido práctico habría mandado a la basura hace años.
Porque una cosa es ordenar y otra venirse arriba.
Supongo que necesitaba unos días así.
Sin grandes decisiones.
Ordenar. Tirar. Guardar. Limpiar.
Y entre cosas que ya no utilizaba, otras que no sabía por qué seguía guardando y alguna bolsa de «por si acaso» que llevaba demasiado tiempo siendo por si acaso, me di cuenta de algo.
Había vuelto a mí.
No a la de antes.
A esa ya no quiero volver.
A la que soy ahora.
La que duda. La que se equivoca. La que empieza cosas y cambia de opinión. La que no tiene todas las respuestas.
Pero sí algunas preguntas mucho mejores.
Y una idea más clara de qué quiero, qué no quiero y dónde quiero poner mi tiempo.
Entonces apareció la economista que llevo dentro.
Esa, por lo visto, no se toma vacaciones.
Y me recordó uno de esos conceptos que parecen mucho más aburridos dentro de un libro de texto que cuando empiezas a encontrarlos en tu propia vida.
El coste de oportunidad.
¿Qué es el coste de oportunidad?
A veces parar no es dejar de hacer. Es volver a escucharte.
El coste de oportunidad es el valor de la mejor alternativa a la que renunciamos cuando tomamos una decisión.
Suena a definición de examen.
Así que vamos a decirlo de otra forma:
cada vez que eliges algo, dejas otra cosa fuera.
Tenemos recursos limitados y necesidades que parecen no haber recibido esa información.
El dinero es limitado.
El tiempo lo es aún más.
Y nos empeñamos en organizar nuestra vida como si los días tuvieran treinta y siete horas.
No las tienen.
Una pena.
Por eso elegimos.
Ejemplos de coste de oportunidad en la vida cotidiana
El coste de oportunidad no vive encerrado en un libro de Economía.
Está en decisiones mucho más normales.
Si dedicas una tarde a estudiar, renuncias al uso que podrías haber dado a esas horas.
Si utilizas tus ahorros para viajar, ese dinero ya no podrá financiar otro proyecto.
Si aceptas un trabajo, puedes estar renunciando a otra oferta, a más tiempo libre o a trabajar en otro lugar.
Si una empresa utiliza un local para abrir una tienda, renuncia a alquilarlo o a dedicarlo a otra actividad.
Incluso descansar tiene un coste de oportunidad.
Mientras descansas podrías estar trabajando, estudiando, ordenando la casa o contestando ese correo que lleva tres días mirándote desde la bandeja de entrada.
Eso no convierte el descanso en una mala decisión.
Solo significa que toda elección implica una renuncia.
Y ahí empieza la parte de la Economía que más me interesa.
El coste de oportunidad no decide por ti
La Economía puede ayudarnos a identificar alternativas, recursos y costes.
Lo que no puede hacer es decidir qué valoramos más.
Dos personas pueden encontrarse ante las mismas opciones y escoger caminos distintos.
Y las dos pueden haber elegido bien.
Porque el coste de oportunidad no responde a la pregunta:
«¿Qué debo elegir?»
Nos obliga a hacernos otra:
«¿A qué estoy dispuesta a renunciar?»
Y esa pregunta incomoda un poco más.
Elegir bien no significa no perder nada
Durante mucho tiempo pensé que tomar una buena decisión consistía en encontrar esa opción maravillosa en la que ganas algo sin perder nada.
Como si existiera una puerta secreta que los demás no hubieran visto.
Spoiler: no existe.
Elegir es renunciar.
Cada sí deja algún no fuera.
Cada camino elegido hace que otro se quede sin recorrer.
Quizá el problema no sea perder opciones.
Quizá sea empeñarnos en conservarlas todas.
Porque cuando intentamos mantener abiertas todas las puertas corremos el riesgo de no atravesar ninguna.
El coste de oportunidad nos recuerda algo incómodo y, a la vez, liberador:
no podemos elegirlo todo.
Pero podemos decidir qué merece nuestro tiempo.
¿Por qué enseñar el coste de oportunidad con ejemplos reales?
Y cuando bajé el ruido, entendí qué quería conservar y qué podía dejar ir.
Esta es una de las razones por las que me gusta enseñar Economía.
Una definición puede memorizarse.
Un concepto comprendido puede utilizarse.
Podemos explicar el coste de oportunidad con una frontera de posibilidades de producción.
Y debemos hacerlo.
Pero podemos ir un poco más allá.
¿Qué ocurre si un alumno tiene un examen mañana y decide pasar la tarde con sus amigos?
¿Qué pierde si elige estudiar?
¿Qué pierde si elige salir?
¿Existe una respuesta correcta?
De pronto ya no estamos hablando solo de Economía.
Estamos hablando de decisiones.
De prioridades.
De recursos escasos.
Estamos enseñando a pensar.
Y ahí, para mí, una asignatura empieza a cobrar sentido.
El recurso que no podemos recuperar
Hablamos mucho de dinero cuando explicamos la escasez.
Este verano he pensado bastante en otro recurso.
El tiempo.
El dinero puede recuperarse.
Una tarde no.
Una hora tampoco.
Quizá por eso, después de dos años de cambios, necesitaba dejar de preguntarme todo lo que podía hacer y empezar a preguntarme qué quería hacer con mi tiempo.
No tengo todas las respuestas.
Ni falta que hace.
Sé mejor qué quiero conservar.
Sé qué cosas ya no necesito guardar.
Y no estoy hablando de las cortinas.
Bueno, de esas un poco sí.
Septiembre
Elegir es renunciar. En Economía lo llamamos coste de oportunidad. En la vida, quizá sea crecer.
Volvemos. Para mí, aquí empieza el año.
No tengo una lista de «este año sí».
No voy a prometer que podré con todo.
No sé cómo será cuando llegue junio.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tampoco necesito saberlo.
Hay algo que sí tengo más claro.
Durante mucho tiempo pensé que elegir bien era conseguir que ninguna puerta se cerrara.
Ahora sé que algunas tienen que cerrarse para que podamos cruzar otras.
En Economía lo llamamos coste de oportunidad.
Fuera de clase quizá tenga otro nombre.
Crecer.
Elegir.
Dejar ir.
Quedarte con aquello que merece tu tiempo.
No sé cómo termina lo que empieza ahora.
Pero sí sé por dónde quiero continuar.
Para mí empieza el año.
Volvemos.
Inma Díaz Sol
Profesora de Economía y Empresa

