Mientras haya latido, hay plan
A tu ritmo, que es el bueno.
A veces la vida te pega un meneo: te despiden, te rompen, te descolocan el alma.
Y entonces aparece alguien diciendo:
“Qué valiente eres.”
Y tú piensas:
“¿Valiente yo? Si lo único que quiero es meterme en la cama, taparme hasta las orejas y que alguien me asegure que mañana no se va a caer el mundo…”
Pero luego miras más allá de tu drama (que también es importante, faltaría más).
Y te acuerdas de que hay personas que viven con un corazón trasplantado.
Con un latido que llegó de otra historia.
Un corazón que late hoy… sin garantías de mañana.
Y aun así allí están:
sonriendo cuando pueden,
descansando cuando toca,
y estudiando porque en los hospitales también hay escuelas.
Sí, sí, escuelas de verdad.
Con profes estupendos, pupitres pequeños, y un horario que no lo marca un timbre, sino las fuerzas del día.
En esas aulas, “hacer lo que se puede” no es conformarse:
es aprobar la asignatura más difícil de la vida.
Y cuando un niño no puede bajar, no pasa nada:
la escuela sube a la habitación.
O se enciende en una pantalla.
Porque allí la educación se adapta al ritmo del latido, no al revés.
Y quizá deberíamos copiar un poco esa filosofía.
Porque se nos olvida que cada uno crece a su paso,
que hay días de sumar y días de simplemente estar,
que avanzar no siempre se nota,
y que sostenerse también cuenta como milagro.
Si lo piensas…
todos estamos un poco en esa escuela invisible.
Aprendiendo a vivir con lo que hay,
intentando hacerlo bonito,
aunque a veces la vida venga sin instrucciones.
Y entonces, cuando el ruido baja,
la vida te susurra bajito —como si fuera un secreto sólo para ti—:
“Mientras haya latido, hay plan.”
Y oye… qué regalo.
Mientras haya latido, hay plan. Y mientras haya plan, hay vida.
La escuela que late dentro del hospital
(Comunidad de Madrid)
En los hospitales también hay vida.
Y hay lápices.
Y hay profes.
Y hay sueños que no se detienen aunque el cuerpo necesite descansar.
Parece increíble, pero es real:
los niños enfermos también van al colegio, aunque sea dentro de una habitación o en un pasillo con goteros.
En la Comunidad de Madrid existe un conjunto de Aulas Hospitalarias que pertenecen a la Consejería de Educación.
Son escuelas de verdad, con docentes de verdad, que enseñan a ritmo de salud, no de campana.
¿Cómo se enseña en estas aulas?
Muy sencillo:
se enseña como se vive allí: con cuidado, con respeto y con calma.
El profesor entra en la habitación con una carpeta y una sonrisa.
Pregunta cómo está el niño ese día, no ayer ni mañana.
Y en función de eso, decide qué toca:
sumar, leer, pintar… o simplemente hablar.
En los hospitales, el aprendizaje no lo marca el temario, sino el latido.
Si el niño puede hacer una ficha, se hace.
Si solo tiene fuerzas para escuchar, se lee.
Si necesita dormir, se duerme.
Y si tiene ganas de reír, se ríe.
Todas esas cosas son escuela también.
¿Qué se aprende allí?
Además de lengua y matemáticas, los niños aprenden algo que no se enseña en ningún libro:
que pueden seguir formando parte de su clase, aunque estén en tratamiento;
que la enfermedad no les quita el derecho a aprender;
que el esfuerzo no siempre es sacar sobresalientes, sino seguir cuando se puede;
que su ritmo es válido y respetado.
¿Qué hospitales de Madrid tienen aulas?
Muchos de los grandes hospitales públicos de Madrid cuentan con aulas hospitalarias y apoyo educativo, como:
Hospital Niño Jesús
12 de Octubre
La Paz
Gregorio Marañón
Puerta de Hierro
Ramón y Cajal
Fundación Alcorcón
Clínico San Carlos
Cada una de estas aulas está coordinada por docentes especializados en atención educativa hospitalaria.
¿Y si el niño no puede ir al aula?
Entonces ocurre algo precioso:
la escuela sube a la habitación.
O se enciende en una pantalla.
En Madrid existe lo que se llama Atención Educativa Domiciliaria y Hospitalaria, que permite que:
el niño siga conectado a su colegio,
reciba apoyo online,
tenga un profesor asignado para ayudarle con las materias,
y continúe su curso escolar sin quedarse atrás.
Así, la educación viaja hasta donde está él, no al revés.
¿Por qué es tan importante?
Porque la enfermedad ya es un mundo difícil.
Y seguir aprendiendo, seguir creando, seguir teniendo un “mañana con deberes” les da estructura, esperanza y normalidad.
La escuela hospitalaria es, en realidad, una forma de decirles:
“Tu vida no se detiene aquí.
Tú sigues.
A tu ritmo, que es el bueno.”
Y esa frase —que sirve para ellos— nos sirve un poco a todos.
Porque cuando miramos estas aulas que laten dentro de los hospitales, entendemos algo esencial:
Mientras haya latido, hay plan.
Y mientras haya plan, hay vida.
Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

