Hay días que no piden hacer.
Piden quedarse.

No piden agendas nuevas ni listas más largas.
Piden bajar el ruido.
Quitar la prisa.
Mirar el tiempo a los ojos y decirle, con calma:
no me empujes.

Durante mucho tiempo nos enseñaron a tratar el tiempo como un recurso.
A medirlo, a exprimirlo, a llenarlo.
Como si vivir fuera una carrera y no un lugar.

Pero el tiempo no se gana.
Se habita.

Y hay días —como hoy— en los que una entiende que no necesita más horas.
Necesita estar más dentro de ellas.
Más presente.
Más consciente.
Más viva.

Quizá el verdadero lujo no sea tener tiempo libre,
sino poder vivir el tiempo sin culpa.

Sin la sensación constante de llegar tarde a todo.
Sin la exigencia de aprovecharlo todo.
Sin convertir cada minuto en una prueba.

Hoy no quiero más horas.
Quiero estar más dentro de ellas.

Y aprender, poco a poco,
a vivir el tiempo como se vive la vida:
con cuidado.

Por los amaneceres que nos esperan.

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