Vida y economía circular

Mi vida es circular.

Con 50 años he vuelto a la escuela.
A esa edad en la que, según algunos, ya no toca empezar nada nuevo, sino asentarse y no hacer ruido.

Durante muchos años trabajé en grandes estructuras. Hubo una primera etapa luminosa: equipos con ilusión, aprendizaje compartido, ganas de hacerlo bien. El trabajo ocupaba espacio, pero no lo llenaba todo. Con el paso del tiempo, cada cual siguió su camino. Es lo natural cuando una crece.

Después llegó otra forma de trabajar. Un modelo donde producir se volvió más importante que escuchar, y el control pesaba más que la humanidad. No era el trabajo lo que había cambiado, era la forma de mirar a quienes lo hacían. Ahí entendí que no todos los lugares saben sostener trayectorias largas.

Se habla mucho de los jóvenes. De su falta de compromiso, de su impaciencia, de su desorientación.
Y, sin embargo, pocas veces miramos a los adultos que diseñaron el mapa.

Porque pedir certezas a los veinte, cuando a los cincuenta seguimos buscándolas, es un ejercicio curioso.

Lo veo en el aula. En ferias universitarias llenas de opciones y de miradas perdidas. En carreras que ya no garantizan destinos. En profesores cuyos hijos estudiaron algo… y hoy viven de otra cosa. El mundo cambió, pero seguimos explicándolo con esquemas antiguos.

Mientras tanto, yo retomaba un camino que siempre estuvo ahí. Estudiar. Escucharme. Terminar un máster que había ido posponiendo. Y, sin esperarlo, volvió una sensación conocida: la alegría de aprender. Esa que no entiende de edades ni de etiquetas.

El año pasado una etapa se cerró. No fue una decisión buscada. Fue un final envuelto en palabras correctas. Me dejó entre el alivio y la pregunta. A veces los cierres no duelen por lo que pierdes, sino por lo que descubres.

Cuando se lo conté a mi hija, lo vio claro. Me habló de tiempo. De estar. De escuchar. De esas verdades que los adultos tardamos años en entender.

Antes, en las cenas de Navidad, la pregunta era otra. Luego llegaron nuevas preguntas. Sobre prácticas, sobre juventud, sobre el valor de enseñar hoy. Y una se pregunta si de verdad el problema es la adolescencia o si seguimos educando desde el cansancio.

Hubo un momento en el que entendí que ciertos lugares te piden renuncias que no estás dispuesta a hacer. No siempre es el trabajo lo que pesa, sino lo que te obligan a dejar fuera.

A pesar de todo, sigo creyendo en plantar semillas.
En consumir con conciencia.
En que menos puede ser suficiente.
En elegir proyectos que cuiden a las personas, al entorno, a los vínculos.

Creo en la vida circular.
Creo en la economía circular.
Y quizá sí, sigo siendo idealista en una sociedad líquida.

Pero no he perdido la esperanza.
Y mientras me quede voz, clase y ganas, seguiré enseñando y aprendiendo.

Nos vemos en el próximo amanecer .

Una profesora en prácticas. Con canas, con ganas y con clase.

Anterior
Anterior

El mejor regalo del mundo

Siguiente
Siguiente

Reto de estas Navidades: menos es más